REPASO DE LENGUA CASTELLANA


TIPOS DE LENGUAJE

El lenguaje es un sistema de comunicación que permite a los seres humanos la abstracción y comunicación de conceptos. Se trata de un sistema fisiológico y psíquico, compuesto por la forma (la fonología, morfología y sintaxis), el contenido (la semántica) y su uso (la pragmática).

De acuerdo al lingüista Ferdinand de Saussure, el lenguaje está formado por la lengua (el idioma, un modelo general que comparten los miembros de una colectividad lingüística) y el habla (la materialización momentánea del modelo a través de un acto individual y voluntario).

Pueden destacarse dos grandes funciones del lenguaje: la función cognoscitiva, que se encuentra dirigida a la adquisición, desarrollo y razonamiento del conocimiento, y la función comunicativa, que busca exteriorizar los pensamientos y emitir mensajes.

Existen distintos tipos y clasificaciones del lenguaje. Por ejemplo, el lenguaje fonético es aquel formado por un grupo de sonidos convencionales; el lenguaje kinésico es el que se compone por los movimientos físicos que acompañan cada palabra y que apoyan la intencionalidad del mensaje; y el lenguaje proxémico, cuyo objetivo es graduar las distancias interpersonales en el acto comunicativo.

El lenguaje proxémico, a su vez, puede dividirse en distintos subtipos: íntimo (las conversaciones privadas entre amigos o en una pareja, por ejemplo), personal (las conversaciones casuales), social (las conversaciones interpersonales) o público (las conversaciones de cualquier tipo).

Al considerar el grado de artificialidad y convencionalidad que interviene en la construcción de los signos del lenguaje, éste puede clasificarse en natural o artificial. El lenguaje natural u ordinario es el utilizado por una comunidad lingüística con el fin primario de la comunicación. El lenguaje artificial, en cambio, tiene como objetivo evitar los inconvenientes de ambigüedad de los lenguajes naturales.

En este sentido, el lenguaje artificial puede dividirse en lenguaje técnico (utiliza el lenguaje natural, pero con palabras que adquieren técnicamente un significado propio y acorde a los fines de la comunidad que las utiliza) y lenguaje formal (no sólo construye artificialmente los símbolos, sino también las reglas de construcción y sus reglas de transformación

Un signo lingüístico

Un signo lingüístico es una realidad perceptible por los sentidos que remite a una realidad que no está presente. Estos signos están formados por un significante, un significado y un referente, vinculados por una relación inseparable que se denomina significación.

Esta asociación es la más importante en la comunicación humana, pero no siempre acontece de la misma forma. Esto quiere decir que no todas las palabras presentan el mismo tipo de relación entre el significado y el significante.

La monosemia supone una única asociación posible entre el significado y su significante. Por lo general, las palabras monosémicas pertenecen a los términos científicos o técnicos, donde no puede existir la ambigüedad y se busca la mayor precisión posible. Un ejemplo de palabra monosémica es “meningitis” (inflación de las meninges, según el diccionario de la Real Academia Española).

En cambio, el fenómeno de la polisemia se produce cuando existen palabras en las que, a un significante, le corresponden dos o más significados. Por ejemplo, la palabra “clave”, que puede hacer referencia al código de signos convenidos para la transmisión de mensajes secretos o privados, al conjunto de reglas y correspondencias que explican este código, a la noticia por la cual se hace comprensible algo que era enigmático y al signo (o combinación de signos) para hacer funcionar ciertos aparatos, entre otros significados.

Hay que tener en cuenta que la polisemia no representa una dificultad para la comunicación o para el entendimiento. Una persona logra comprender el significado adecuado de cada término gracias a los datos que le proporciona el interlocutor en medio de la conversación.

Por último, la homonimia sucede cuando dos significantes diferentes terminan por coincidir en una misma forma gracias a su evolución fonética. Las palabras homónimas pueden ser homófonas (aquellas que tienen la misma pronunciación pero distinta ortografía) u homógrafas (las que tienen la misma pronunciación y la misma ortografía).

LA CABALLERÍA

Las novelas de caballería experimentaron una gran popularidad en España y Portugal durante el siglo XVI. Estos libros dieron forma a un género literario en prosa, que fue parodiado por Miguel de Cervantes en “Don Quijote de la Mancha”.

Las novelas de caballería surgieron a finales del siglo XV y comenzaron a perder su popularidad hacia 1550. Los historiadores afirman que el último libro español de caballería original fue publicado en 1602: “Policisne de Boecia”.

Estos libros están protagonizados por caballeros andantes (héroes), que son grandes guerreros que suelen perseguir el amor de una dama. Este aspecto romántico está inspirado en el amor cortés, una concepción platónica y mística del amor.

Hay que tener en cuenta que, aunque las novelas de caballería puedan presentarse como crónicas verdaderas, no son más que obras de ficción. Son, por lo tanto, ficciones de primer grado, donde los hechos son más importantes que los personajes (que, por lo general, son arquetípicos y planos).

Los libros de caballería, más allá de lo que afirmen, ofrecen una geografía fantástica (con viajes a nuevas tierras, pueblos con extraños ritos, selvas misteriosas o criaturas inexistentes) y se ubican en un tiempo remoto y mítico, sin referencias a circunstancias sociales contemporáneas. Hay novelas que, incluso, se presentan como traducidas de originales escritos en árabe, griego u otras lenguas, o como manuscritos hallados tras haber permanecido ocultos durante un largo tiempo.

Otra característica importante de las novelas de caballería es su estructura abierta, con múltiples continuaciones y una constante presencia de la amplificación (cada generación debe superar las hazañas conseguidas por su antecesora).

A lo largo de sus aventuras, los héroes deben superar distintas pruebas para merecer a su dama u obtener alguna honra. Por eso, las motivaciones principales de los caballeros son el amor y la fama.

Por otra parte, la violencia aparece glorificada, ya que estos héroes son valorizados tras sus triunfos con las armas.

EL CASTELLANO

El castellano es una lengua romance derivada del latín. Es imposible determinar con exactitud en qué momento de la historia el dialecto originario, que se hablaba con cierta homogeneidad en la península ibérica, se convierte en una lengua.

Lo que puede afirmarse es que todas las lenguas nacen a partir de la evolución de otra que experimenta cambios fonéticos y la desviación o corrupción de sus términos. El proceso implica que, con el correr de las generaciones, los antiguos hábitos lingüísticos ceden los nuevos, que se generalizan y se difunden en una norma más general.

En la época prerromana (es decir, antes de la llegada de los romanos), la península ibérica estaba ocupada por varios pueblos con lenguas y culturas diferentes, como los íberos, los celtas, los fenicios, los griegos, los cartagineses y los vascos. Con la llegada de los romanos, todas las lenguas que se hablaban en la región terminan por desaparecer en la zona, con excepción del euskera.

Esto supone que, con el ingreso de los romanos a la península en el siglo II antes de Cristo, se impone el latín vulgar, que era la lengua utilizada por los soldados y el pueblo en general.

Los especialistas afirman que cerca del 70 por ciento de las palabras pertenecientes al castellano proceden del latín. Al comparar varias lenguas románicas, como el castellano, el francés, el italiano, el catalán y el gallego, por ejemplo, se encuentran numerosas coincidencias.

Por ejemplo, la palabra latina “populu” pasó a ser “pueblo” en castellano, “popolo” en italiano, “peuple” en francés, “poble” en catalán y “pobo” en gallego.

En el siglo V después de Cristo, los pueblos bárbaros invaden la península ibérica, destacándose los visigodos. Su influencia en el castellano aún es latente en los germanismos, con términos como “ropa”, “tapa”, “espía” y “guardia”.

Otra evolución importante del castellano comienza a partir del año 711, cuando se produce la invasión árabe y la adopción de palabras como “azúcar”, “algodón”, “naranja”, “hazaña”, “azulejo”, “alfombra”, “alcohol” y “jarabe”, entre muchas otras.

Propiedades del texto

Un texto es una unidad de carácter lingüístico que se compone por un conjunto de enunciados con una cierta estructura interna. Dicha estructura está dada por diferentes elementos lingüísticos, que lo dotan de coherencia.

Sin esta coherencia, un texto no podría ser comprendido como una unidad comunicativa con sentido. La organización de la información que presenta el texto, por lo tanto, es esencial para la correcta comprensión de las ideas que se transmiten.

El texto, como resultado de una actividad verbal donde el emisor tiene una intención comunicativa, presenta dos tipos de información: el tema, que supone una información ya conocida por el destinatario, y el rema, que es la información nueva sobre el tema ya conocido.

El tema y el rema presentan una relación dinámica con el lector. Por ejemplo, la información que, en un capítulo, funcionaba como rema, se transforman en un nuevo tema en los capítulos siguientes. Este mecanismo es conocido como progresión temática y es clave en la comunicación, ya que supone que la información del texto es aprehendida por el receptor.

Otra propiedad importante de un texto es la cohesión, que surge con la relación de las diferentes partes del texto a través de diversos procedimientos lingüísticos.

Las relaciones de correferencia forman parte de estos procedimientos y permiten deducir el significado de una palabra recurriendo a otra ya mencionada. Estas relaciones pueden ser anafóricas (relacionan una palabra con otra mencionada antes en el texto) o catafóricas (la relación surge con un elemento que aparecerá después de hacer referencia a él).

Las relaciones léxicas (que logran la cohesión de las palabras a través de la sinonimia, la hiponimia o la utilización de palabras de un mismo campo semántico), la presencia de conectores (conjunciones, locuciones o unidades léxicas que ayudan a relacionar las partes de un texto) y la elipsis (cuando se omite una palabra, un sintagma o toda una oración, ya que se cree que el lector puede deducir su contenido) también forman parte de los procedimientos lingüísticos que otorgan cohesión a un texto.

USO DE LA B Y LA V

A la hora de redactar un texto, es frecuente que aparezcan dudas respecto a cuál es la forma correcta de escribir determinadas palabras. Uno de esos interrogantes se genera, por ejemplo, ante los términos que llevan alguna de las B/V. Por ese motivo, resulta de gran utilidad recordar algunas de las reglas que nos ayudarán a determinar en qué casos debemos emplear cada una de estas consonantes.

Las partículas “Bi”, “Bis” y “Biz” siempre se escriben con B, al igual que las palabras que terminen en “Ble” o en “Bilidad”. Bisabuelo, Bizarro, Terrible y Contabilidad son algunos ejemplos de los casos citados.

Por supuesto, la lista a tener en cuenta cada vez que dudemos acerca del uso de la B o la V no termina aquí. La B también se debe aplicar antes de una L o una R (Ensamble, Bronca) y después de la letra M (Hambre, Temblar); en palabras cuyos comienzos deriven del griego “Bibli” (Bibliotecario, Bibliografía); en términos que finalicen en “bundo” o “bunda” (Vagabundo, Moribunda); en todas las terminaciones del pretérito imperfecto de la primera conjugación del indicativo (Cantaban, Estudiabas, Hallaba) y al escribir palabras que empiecen con “Abs”, “Ob”, “Obs” y “Sub” (Absoluto, Obtuso, Observo, Subterráneo).

En el caso de los verbos de la primera conjugación cuyo infinitivo finaliza en “Bir”, tales como percibir y escribir, se utilizará la letra B, a excepción de los que terminen en “Vir”, como hervir, servir y vivir, entre otros.

¿Cuándo se debe emplear la V? Después de las sílabas “Lla”, “Lle”, “Llo” o “Llu” y de una B, D o N (Llave, Llevar, Llover, Lluvia, Obvio, Adverbio y Enviar); cuando la palabra comienza en “Vivi”, “Viva”, “Vive”, “Vice”, “Villa”, “Eva”, “Eve”, “Evi”, “Evo”, “Equiv” o “Clav” (Viviente, Vivaz, Vivero, Vicepresidente, Villancico, Evacuar, Eventual, Evitar, Evocar, Equivocación, Clavar) y en casos donde el término finalice en “Viro”, “Vira”, “Ívoro” e “Ívora”, tales como herbívoro y omnívora.

Por supuesto, siempre hay excepciones a las reglas y, en estos casos puntuales, es necesario aclarar que palabras como víbora y biberón, entre otras, escapan a estas indicaciones. De todas formas, si uno recuerda estas pautas y las pone en práctica a la hora de escribir, es probable que emplear la B y/o la V, ya no represente un problema.

PROPOSICIONES SUBORDINADAS

Una proposición es una unidad gramatical que cuenta con estructura oracional, pero que no tiene independencia sintáctica, semántica o fonológica. Esta característica la diferencia de la oración, una unidad completa e independiente. Por eso, las proposiciones siempre necesitan relacionarse con otras proposiciones mediante nexos, que le permiten establecer vínculos de igualdad (coordinación) o no (subordinación).

Las proposiciones principales son oraciones simples que son complementadas por otras proposiciones adyacentes. Las proposiciones coordinadas, por su parte, establecen una relación de igualdad con otras proposiciones y forman oraciones compuestas. Esto quiere decir que mantienen el mismo nivel sintáctico y un nexo que se conoce como conjunción.

Las proposiciones subordinadas, por su parte, son las que establecen una relación de dependencia respecto de otra proposición, que es considerada como la principal. Por eso, las proposiciones subordinadas no tienen unidad de sentido: su sentido completo depende de la relación que guardan con la proposición subordinante.

Las oraciones formadas por una proposición principal y una o más proposiciones subordinadas reciben el nombre de oraciones complejas u oraciones compuestas por subordinación.

La proposición subordinada puede estar encabezada por nexos relacionantes, nexos subordinantes o presentar una subordinación sin nexo.

Por lo tanto, puede distinguirse entre las proposiciones subordinadas sustantivas (el tipo de proposición subordinada por una conjunción subordinante y con las funciones propias del sustantivo respecto de la proposición principal), las proposiciones subordinadas adjetivas (introducidas por un pronombre relativo; siempre tienen un antecedente, sea expreso o no) y las proposiciones subordinadas adverbiales (introducidas por un adverbio o nexo adverbial).

Ejemplos de proposiciones subordinadas sustantivas:
“Es necesario que te vayas más temprano”
“Pide lo que quieras”
“La solución está más cerca de lo que suponen”

Ejemplos de proposiciones subordinadas adjetivas:
“El hombre que respeta a su mujer cumple con lo dicho”
“La empresa, cuyo gerente renunció, enfrentará grandes problemas”
“El coche que compraron el año pasado ya vale más del doble”

Ejemplos de proposiciones subordinadas adverbiales:
“Se alegró porque llamó su hijo”
“Lo haré tal como me explicaron”
“Voy donde me digas”

ACENTUACION

En la lengua española, existen dos tipos de acento: el acento prosódico y el acento ortográfico. El acento prosódico consiste en resaltar una sílaba (denominada sílaba tónica) a través del relieve de la voz al hablar. El acento ortográfico (también conocido como tilde), por su parte, es un símbolo que se coloca sobre las vocales de las sílabas tónicas de acuerdo a ciertas reglas.

Según la posición de la sílaba tónica dentro de la palabra, puede diferenciarse entre cuatro tipos de palabras.

Las palabras agudas u oxítonas son aquellas cuya acentuación fonética recae en la última sílaba. Las reglas de acentuación señalan que sólo llevan tilde las palabras agudas que terminan en vocal, en N o en S, salvo que la S esté precedida por otra consonante). Por ejemplo: hablé, tomé, corrió, sofá, camión, tazón, canción, amarás.

Las palabras graves, llanas o paroxítonas son aquellas que se acentúan en su penúltima sílaba. La mayoría de las palabras del castellano pertenecen a este grupo. Las palabras graves que llevan tilde son las que no terminan en N, en S o en vocal, o las que terminan en S y están precedidas por otra consonante. Ejemplos: árbol, césped, mármol, mártir, récord, bíceps, cómics.

Las palabras esdrújulas o proparoxítonas son aquellas cuya acentuación fonética aparece en su antepenúltima sílaba. En español, todas las palabras esdrújulas llevan acento ortográfico en la vocal donde recae la acentuación. Ejemplos: esdrújula, lágrima, tránsito, pretérito, protégelo, autóctono.

Por último, las palabras sobreesdrújulas o sobresdrújulas son las que se acentúan en sílabas anteriores a la antepenúltima sílaba. Todas las palabras sobreesdrújulas llevan tilde, excepto en el caso de los adverbios creados a partir de un adjetivo con el sufijo -mente (que sólo se acentúan cuando el adjetivo lleve la tilde por sí mismo; por ejemplo, fríamente lleva tilde ya que frío también se acentúa).

LO DENOTATIVO Y CONNOTATIVO

Ya hemos visto en varios artículos de Poemas del Alma que el signo lingüístico es una realidad perceptible por los sentidos humanos, que remite a una realidad que no está presente. Estos signos se encuentran compuestos por el significante (el soporte material o imagen acústica que se capta mediante el sentido), el significado (la imagen mental o el concepto que tenemos en mente respecto a una palabra) y el referente (el objeto al que hace alusión el signo). Significante, significado y referente establecen una relación inseparable denominada significación.

Cuando hablamos de significado denotativo y connotativo, estamos hablando de dos tipos de significado: el primero hace referencia a algo objetivo, mientras que el segundo tiene que ver con la subjetividad.

El sema es la unidad mínima de significado que permite diferenciar una palabra de otra que está semánticamente cercana a ella. El significado léxico o gramatical, aquel que registran los diccionarios, se conoce como significado denotativo. Este significado es compartido por todos los miembros de la comunidad lingüística.

Sin embargo, las palabras pueden tener otros significados que guardan relación con lo que ese término sugiere a cada persona: Se trata de un significado subjetivo o asociativo, que se denomina significado connotativo.

Por ejemplo, la palabra “verde” tiene un significado denotativo que hace referencia a un color, pero también puede presentar un significado connotativo relacionado a la esperanza o a la inmadurez, según el caso.

La noción de “primavera”, por su parte, tiene un significado denotativo (es una estación del año) y puede connotar distintas cuestiones, vinculadas a un renacer.

Hay conceptos que adquieren su sentido connotativo con el paso del tiempo. Tenemos el ejemplo de la palabra “desaparecido”, que hace referencia a un sujeto cuyo paradero es desconocido. En Argentina y en otros países latinoamericanos que estuvieron bajo regimenes dictatoriales, el concepto tomó una connotación vinculada al secuestro seguido de muerte sin rastros del cadáver. Por eso, una frase como “José está desaparecido” puede adquirir un matiz especial.

ANÁLISIS SEMÁNTICO

La semántica analiza los aspectos del significado o la interpretación del significado de un determinado símbolo, palabra, lenguaje o representación formal. Parte de la premisa que cualquier medio de expresión admite una correspondencia entre las expresiones de símbolos o palabras, y las situaciones o conjuntos de cosas que se encuentran en el mundo físico o abstracto.

La noción de semántica deriva del término griego semantikos (“significado relevante”), que, a su vez, tiene su origen en sema (“signo”). Así, puede afirmarse que la semántica lingüística pertenece al campo de la gramática y se dedica al estudio del significado de los signos lingüísticos.

La lengua, como un sistema compartido que permite la transmisión de mensajes (la comunicación), necesita que las palabras tengan cierto significado. Ya que la gramática permite describir una lengua, una parte de ella (la semántica) debe encargarse de analizar los significados.

Para una completa descripción de una lengua natural, deben tenerse en cuenta los datos de significado, la referencia lingüística y las condiciones de verdad. El análisis semántico se aplica a las palabras, pero también a las frases y a las oraciones.

La semántica, por ejemplo, se encarga del referente de las palabras, es decir, de aquello que denotan. Como hay expresiones que pueden compartir el mismo referente pero tener significados diferentes, el estudio de la palabra también debe tener en cuenta el sentido (la imagen mental de lo que algo es).

La semántica, por lo tanto, se encarga de estudiar la denotación (la relación directa entre una palabra y aquello a lo que se refiere) y la connotación (donde entran en juego experiencias y valores asociados al significado). En otras palabras, el significado denotativo, conceptual o lógico es el significado básico de una palabra, tal como aparece definido en los diccionarios. El significado connotativo, en cambio, se vincula a lo personal o subjetivo.

Campo léxico y campo semántico

Las palabras son unidades de información. Para poder comprenderlas, procesarlas y retenerlas en nuestra memoria, debemos organizarlas en pequeños grupos y establecer relaciones.

¿Cómo se forman estos grupos? A través de ciertos rasgos semánticos en común. Las palabras, como unidades de léxico (semánticas) con contenido conceptual, se denominan lexemas. Cada lexema tiene un significado, a su vez compuesto por contenidos parciales y específicos que son conocidos como semas.

Por ejemplo: la palabra “caballo” es un lexema cuyo significado está formado por los semas “mamífero”, “cuadrúpedo”, “équido” y “herbívoro”. Estos semas son rasgos que, al ser seleccionados de un modo pertinente como unidades de sentido, forman el contenido del lexema (en este caso, la palabra “caballo”).

El campo léxico es aquel formado por unidades léxicas que comparten, más allá de sus diferencias, una zona de significación. Es decir, tienen varios semas en común. Si estas palabras pertenecen a una misma categoría gramatical, conforman un campo semántico.

El campo léxico, por lo tanto, hace que una palabra se encuentre cercana a otra por su significación, aunque con alguna diferencia específica que la distingue del resto.

La palabra “pared”, “tapia” y “muro”, por ejemplo, forman parte de un mismo campo semántico. Todas comparten los semas “obstáculo” y “vertical”, pero “tapia” tiene el sema “delgado”, a diferencia de “muro” (que cuenta con el sema “grueso”).

Las relaciones de orden dentro de un campo semántico pueden clasificarse en dos grandes tipos: ramificantes o lineales. Las ramificantes, a su vez, se dividen en hiponimia (cuando uno de los elementos contiene en sí mismo el significado de otro) y meronimia (cada uno de los elementos designa una parte de otro elemento). Los elementos lineales, en cambio, establecen una relación con el siguiente y el anterior de una serie (por ejemplo, “niño-adolescente-joven-adulto-maduro-anciano”).

Esta relación lineal puede ser unidireccional (“niño-adolescente”), reversible (“caliente-templado”) o circular (“domingo-lunes-martes-miércoles-jueves-viernes-sábado-domingo”). Cuando dos palabras se encuentran a los extremos de una serie lineal no circular, son antónimos.

Análisis del discurso

El análisis del discurso es un campo multidisciplinario que nació con la crisis del estructuralismo en las ciencias sociales. Se trata de un producto de la confluencia de distintas perspectivas acerca de los fenómenos significantes.

Según explica Juan Eduardo Bonnin, pueden mencionarse tres factores relacionados con la lingüística que fueron claves en el desarrollo del discurso como objetivo de análisis: el abandono de la oración como unidad de análisis, la redefinición del sujeto y la preocupación por el uso del lenguaje en la comunicación. La filosofía, por su parte, aportó la pragmática, la teoría de los actos del habla, la perspectiva arqueológica y el principio dialógico.

A partir de la década del “70, los teóricos del discurso se separan en dos grandes corrientes: la escuela francesa del análisis del discurso y la lingüística crítica, que luego pasó a ser conocida como el análisis crítico del discurso.

Aunque ambas corrientes presentan diferencias metodológicas y terminológicas, comparten ciertos presupuestos básicos respecto a la definición del discurso como la articulación compleja de una superficie lingüística o textual con las condiciones extralingüísticas que la hicieron posible.

Por lo tanto, el análisis del discurso supone que ningún texto puede ser analizado sin tener en cuenta su contexto, que a su vez debe ser definido en función de los objetivos de la investigación y a partir de las distintas ciencias sociales que intervienen en ella.

Para la escuela francesa, la unidad de análisis debe ser el dispositivo de enunciación que vincula, en forma dialéctica, una serie de regularidades lingüísticas y textuales con ciertos actores y prácticas sociales. Las propiedades relevantes de estas prácticas realizadas para la formulación de los textos forman las condiciones sociohistóricas de producción. El objeto de análisis del discurso, por lo tanto, está dado por la relación sistemática entre estas condiciones y el conjunto de textos producido a partir de ellas.

CLASES DE ORACIONES

La oración es una unidad de sentido con autonomía sintáctica. Se trata del constituyente sintáctico más pequeño posible que es capaz de expresar una proposición lógica. En otras palabras, es el fragmento más pequeño del discurso que puede comunicar una idea completa y que posee independencia.

En la lengua escrita, las oraciones están delimitadas por la presencia del punto. En el habla, en cambio, su límite es marcado por las pausas y el descenso de la voz.

Existen distintas clases de oraciones, que pueden dividirse en dos grandes grupos: según la actitud del hablante y según la estructura sintáctica.

En el primero de los casos, las oraciones pueden ser enunciativas (transmiten una cierta información. Por ejemplo: “Miguel regresó a la oficina hace diez minutos”), interrogativas (plantean una pregunta, ya sea en forma directa o indirecta. Ej.: “¿Quién apagó el televisor?”), exclamativas (expresan sentimientos o emociones. Ej.: “¡Mi equipo ha ganado!”), exhortativas (también conocidas como imperativas, suponen una orden, un consejo o un ruego. Ej.: “Trae ese documento en forma inmediata”), desiderativas (formulan un deseo. Ej.: “Ojalá consiga el empleo”) o dubitativas (expresan una duda. Ej.: “Tal vez logre esquivar dicho obstáculo”).

En cuanto a la estructura sintáctica, las clasificaciones pueden tener en cuenta la estructura del predicado, la presencia o ausencia del complemento directo, la voz o la conjugación del verbo con un pronombre.

De acuerdo a la estructura del predicado, una oración puede ser atributiva (consta de un verbo copulativo y un complemento especial) o predicativa (todas las oraciones que no tienen un atributo en el predicado).

Según el complemento directo, pueden ser transitivas (el predicado consta de un complemento directo) o intransitivas (el predicado no tiene un complemento directo).

Respecto a la voz, las oraciones pueden ser activas (cuando el sujeto realiza una acción) o pasivas (el sujeto no realiza la acción, sino que es el receptor).

Por último, con relación a la conjugación del verbo con un pronombre, las oraciones pueden ser clasificadas como reflexivas (el sujeto realiza y a la vez recibe la acción del verbo), recíprocas (la acción es realizada y recibida de manera recíproca por dos o más sujetos) o pasiva refleja (pese a que el sujeto es paciente, el verbo aparece en forma activa con el pronombre “se” y sólo en tercera persona).

PALINDROMOS

Palíndromo es un término de origen griego que hace referencia a aquellas frases, números o palabras que pueden leerse tanto al derecho como al revés, es decir, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. En el caso de los números, esta característica se denomina capicúa.

En el ámbito literario, uno de los escritores que ha publicado, a lo largo de su trayectoria, una gran cantidad de palíndromos es el argentino Juan Filloy, quien llegó a tener un récord mundial en dicho rubro y se convirtió en el mayor realizador de esta clase de palabras en lengua española. “Acaso hubo búhos acá”, “Allí tápase Menem esa patilla” y “Sólo dí sol a los ídolos” son algunas de las frases palindrómicas creadas por este novelista, poeta, dramaturgo, cuentista y ensayista que falleció el 15 de julio de 2000.

Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante, por su parte, fueron otros de los autores que, en algún momento de su vida, crearon un palíndromo. En el caso del primero, la frase en cuestión reza “Átale, demoníaco Caín, o me delata”, mientras que “Nada, yo soy Adán” tiene el sello de Cabrera Infante.

Aunque a lo largo de la historia se han originado una gran variedad de frases de este estilo (entre las que no se puede dejar de mencionar a las populares “Anita lava la tina” y “Dábale arroz a la zorra el abad”), no es necesario crear una oración para construir un palíndromo, ya que esta clasificación incluye a cada palabra que pueda ser leída de igual forma, cualquiera sea el sentido elegido para leerla. A modo de ejemplo pueden citarse simples términos como “neuquén”, “radar”, “salas”, “reconocer”, “ojo” y “arañara”.

Por otra parte, es importante tener en cuenta que, cuanto más larga es la frase, más se resiente su significado, tal como ocurre con la compleja creación de Ricardo Ochoa, “adivina ya te opina, ya ni miles origina, ya ni cetro me domina, ya ni monarcas, a repaso ni mulato carreta, acaso nicotina, ya ni cita vecino, anima cocina, pedazo gallina, cedazo terso nos retoza de canilla goza, de pánico camina, ónice vaticina, ya ni tocino saca, a terracota luminosa pera, sacra nómina y ánimo de mortecina, ya ni giros elimina, ya ni poeta, ya ni vida”.

FORMACIÓN DE PALABRAS

El proceso de formación de palabras mediante la unión de dos o más raíces o palabras, se conoce como composición. Estas nuevas palabras formadas gracias a la composición se denominan palabras compuestas.

Para formar una palabra compuesta, pueden seguirse distintos tipos de unión:

Verbo + sustantivo: rompenueces
Adjetivo + adjetivo: claroscuro
Sustantivo + adjetivo: cejijunto
Adverbio + verbo: maleducar
Sustantivo + sustantivo: hombre araña

Por otra parte, las raíces latinas o griegas que forman las palabras compuestas son conocidas como elementos compositivos. Por ejemplo:

Peste + cida (“exterminador”) = pesticida
Demo (“pueblo”) + cracia (“gobierno”) = democracia

Algunas raíces muy utilizadas son bio (“vida”), neo (“nuevo”), -arquía (“autoridad”) y logía (“ciencia”).

Cabe destacar que los especialistas en ciencia y tecnología suelen formar nuevas palabras (neologismos) a partir de los elementos compositivos. Ejemplos: “termómetro”, “audífono”.

Hay casos donde la palabra compuesta se encuentra formada por más de dos elementos, como “enhorabuena” (Preposición + Sustantivo + Adjetivo) o “hazmerreír” (Verbo + Pronombre + Verbo).

Según el grado de fusión de las palabras, puede distinguirse entre distintos tipos de compuestos. Los compuestos consolidados o perfectos son aquellos que se escriben juntos, el componente final es el único que admite morfemas flexivos y llevan un único acento (“sacacorchos”). Los compuestos no consolidados o imperfectos, en cambio, se escriben separados y cada uno mantiene su acento (“hombres rana”).

Los compuestos también pueden ser clasificados según exista o no la distinción del núcleo (el elemento léxico del que el compuesto denota un subconjunto) en su estructura interna. Así encontramos a los compuestos endocéntricos, que presentan un núcleo (“pez espada”, que denota un tipo de “pez”), y a los compuestos exocéntricos, que carecen de núcleo y no se pueden interpretar como un subconjunto de ninguno de sus elementos léxicos (“balonmano”, no es ni un tipo de “balón” ni un tipo de “mano”).

LENGUAJE – LENGUA Y HABLA

Aunque muchas veces se utilizan como sinónimos, los conceptos de lenguaje, lengua y habla tienen sus particularidades. Cada uno se refiere a una dimensión diferente del acto comunicativo, por lo que es importante conocer sus peculiaridades a la hora de desarrollar un análisis teórico.

El lenguaje puede entenderse como un sistema de comunicación, que es fisiológico y psíquico a la vez. Los seres humanos pueden abstraer y comunicar conceptos gracias al lenguaje, que está compuesto por la forma (la fonología, morfología y sintaxis), el contenido (la semántica) y su uso (la pragmática).

El lingüista Ferdinand de Saussure ha señalado que el lenguaje se compone de la lengua (es decir el idioma, un modelo general para los integrantes de una cierta colectividad lingüística) y el habla (la materialización momentánea de dicho modelo, a través de un acto individual y voluntario que se realiza mediante la fonación o la escritura).

La lengua, por lo tanto y tal como dijo Saussure, hace referencia al idioma, que un sistema de comunicación verbal o gestual que es propio de una comunidad humana. La lengua natural es aquella variedad lingüística o forma de lenguaje humano que está dotada de una sintaxis y que obedece a los principios de economía y optimidad. La lengua materna, lengua nativa o primera lengua, por su parte, es el primer idioma que aprende una persona.

La recreación individual de este modelo de la comunidad lingüística es el habla, que cifra un mensaje concreto a través del uso del código, los signos y las reglas que necesita.

Entre la lengua y el habla, los lingüistas consideran que se establece una especie de estrato intermedio conocido como norma, que impide el uso de formas lingüísticas que, según la lógica de la lengua, podría ser correctas pero no lo son. Por ejemplo: no debe decirse “andé” en lugar de “anduve”, más allá de que otros verbos sí se conjuguen de esa forma (“jugué”, “canté”, “miré”

CONCORDANCIA VERBAL

Las relaciones gramaticales entre los constituyentes de una lengua están definidas por un recurso conocido como concordancia, que actúa según referencias cruzadas. La concordancia gramatical se lleva a cabo al requerir que la palabra que ocupa una determinada posición sintáctica, adquiera una u otra forma según algún rasgo determinado por otra palabra con la que “concuerda” en ese rasgo gramatical.

En las lenguas europeas como el español, puede distinguirse entre dos tipos de concordancia gramatical: la verbal y la nominal.

La concordancia verbal es la coincidencia entre el número gramatical y la persona gramatical que se da entre el verbo y su sujeto. Por ejemplo: “Esos niños juegan muy bien al fútbol”. Dicha concordancia es obligatoria en el idioma español, con excepción de las oraciones impersonales y del sujeto inclusivo (“Los argentinos somos así”).

Entre las reglas generales de la concordancia verbal, se destaca que la coordinación de dos o más sustantivos o pronombres en singular, siempre que cada uno de ellos haga referencia a un ente distinto, debe formar un grupo que concuerda en plural con el adjetivo o el pronombre, o con el verbo del que son sujeto: “La libertad y la tranquilidad son costosas”.

Por otra parte, la coordinación de dos o más sustantivos o pronombres de diferente género gramatical debe formar un grupo que concuerda en masculino con el adjetivo o con el pronombre: “La carne debe cocinarse junto con la papa y el tomate cortados”.

Cuando entre dos o más elementos coordinados aparece un pronombre de segunda persona y ninguno de primera, la concordancia con el verbo y con los demás pronombres se establece en segunda persona del plural. De todas formas, en las regiones en que no se utiliza el pronombre “vosotros”, se usa la tercera persona del plural: “El niño y tú cobraréis lo que es vuestro”, “¿Te acuerdas de aquella noche en que cenamos Jorge, tú y yo?”.

Más allá de estas reglas generales, hay que tener en cuenta que existen varias excepciones que deben estudiarse en forma particular y diferenciad

ACENTO DIACRíTICO

El acento diacrítico consiste en la utilización de la tilde para diferenciar los distintos significados de una misma palabra. Es decir, se usa la tilde diacrítica para distinguir entre palabras que se escriben y se pronuncian igual, pero que tienen un significado diferente.

De esta forma, el acento diacrítico se aplica a las palabras monosílabas que, por regla general, no llevan tilde.

Entre los usos del acento diacrítico, aparece la diferenciación entre un artículo y un pronombre:

“El abuelo juega con Martín” (“el” es un artículo, no lleva tilde)
“El abuelo juega con él” (“él”, como pronombre, sí lleva tilde)

También se utiliza para diferenciar entre verbo y pronombre:

“Ya se lo he explicado muchas veces”
“Ya lo sé, me lo ha explicado” (“sé” aparece como primera persona del presente del verbo “saber”)

El acento diacrítico permite distinguir entre oraciones enunciativas e interrogativas/exclamativas:

“¿Cómo has dicho?”
“He hablado como integrante de esta familia”
“Me gustaría saber cómo funciona esa máquina”

Se usa para diferenciar entre un pronombre personal, un adjetivo posesivo y un sustantivo:

“A mí me han golpeado muchas veces” (“mí” como pronombre)
“Ella es mi hermana” (“mi” como adjetivo)
“La canción comienza con la nota mi” (“mi” como sustantivo)
“Tú no entiendes nada”
“Tu perro me ha mordido”

En el caso de un verbo y una preposición, también se aplica el acento diacrítico:

“Diego me dijo que se lo dé”
“La puerta de afuera está abierta”

La tilde diacrítica aparece en la palabra “sí” cuando es adverbio de afirmación o pronombre personal de la tercera persona:

“Sí, deberías marcharte”
“Siempre piensa en sí mismo”

En cambio, como conjunción o como nota musical, no lleva tilde:

“Si estás de acuerdo, te regalaré una camisa”
“Intenta tocar la nota si”

“Mas / más”, “te / té”, “o / ó”, “solo / sólo” y “aun / aún” son otras palabras donde el acento diacrítico permite diferenciar el significado.

Por último, cabe destacar que “este”, “ese” y “aquel” llevan tilde cuando actúan como pronombres (“Éste es mi preferido”) y no cuando funcionan como adjetivos (“Este libro es muy antiguo”).

ACENTO ENFÁTICO

El acento enfático es aquel que se utiliza en ciertas palabras que son empleadas con la intención de preguntar y/o exclamar. Como su nombre lo indica, el objetivo es potenciar la fuerza de la expresión.

Las palabras que pueden llevar el acento enfático son “qué”, “cómo”, “dónde”, “cuándo”, “cuál”, “cuáles”, “quién”, “quiénes”, “cuánto”, “cuántos”, “cuánta” y “cuántas”.

Ejemplos de acento enfático:

“¿Qué tienes allí?”
“¿Qué quieres saber?”
“Me gustaría saber qué te ha dicho”
“¡Qué lindo peinado!”
“Pedro aseguró que no viajaría” (en este caso, “que” no lleva tilde) 

“¿Cómo te llamas?”
“¿Cómo dices?”
“No entiendo cómo funciona”
“Ella es blanca como la luna”

“¿Dónde está mi hijo?”
“¿Dónde quieres que nos encontremos?”
“Lisandro me preguntó dónde quiero ir”
“Me sentaré donde quiera”

“¿Cuándo vamos a cenar?”
“¿Cuándo juega nuestro equipo?”
“No sé cuándo terminaremos”
“Nos retiraremos cuando llegue el momento apropiado”

“¿Cuál es tu sueño?”
“¿Cuál es la prenda más cara?”
“No conozco cuál es la alternativa”
“Son tal para cual”

“¿Cuáles son tus opciones?”
“¿Cuáles quieres que te regale?”
“Hay que ver cuáles son las más baratas”
“Vamos a tomar distintas medidas, de las cuales me ocuparé más adelante”

“¿Quién eres tú?”
“¿Quién era el hombre de barba que gritaba?”
“Quisiera saber quién me ha delatado”
“Quien se encarga de estos temas es mi socio”

“¿Quiénes desean ver la película?”
“¿Quiénes son esos hombres?”
“Tengo que pensar quiénes serán parte del equipo”
“Ellos no son quienes para decidir sobre mi vida”

“¿Cuánto cuesta este pantalón?”
“Tengo que decidir cuánto gastar”
“Cuanto más me alejo, más te extraño”

“¿Cuántos hijos tienes?”
“No sé cuántos comprar”
“Hay unos cuantos niños que desearían estar en tu lugar”

“¿Cuánta carga puedes llevar en esa camioneta?”
“Quiero saber cuánta ropa necesito para la travesía”

“¿Cuántas horas vamos a estar sentados?”
“Fíjate cuántas gaviotas vuelan por allí

ACENTO ORTOGRÁFICO

El acento ortográfico, también conocido como tilde, es un símbolo que, en el idioma castellano, se coloca sobre las vocales. Se trata de una pequeña línea oblicua, que baja de derecha a izquierda del que lee o escribe (á, é, í, ó, ú). El acento ortográfico se coloca, en los casos que corresponde según ciertas reglas, sobre la vocal de la sílaba tónica de las palabras.

En otros idiomas, el acento ortográfico se denomina acento agudo, para diferenciarlo de otros acentos como el grave (à) o el circunflejo (â). Aunque en castellano este acento sólo se utiliza para marcar algunas de las vocales tónicas, en otras lenguas tiene la función de señalar otras características fonológicas, como la apertura, la cantidad vocálica y el tono.

El acento ortográfico en el español obedece a ciertas reglas ortográficas normativas que buscan evitar ambigüedades y facilitar la lectura. Por ejemplo, permite distinguir entre “círculo” (un sustantivo), “circulo” (el verbo “circular” en presente) y “circuló” (el verbo “circular” en pasado).

De acuerdo al lugar que ocupa la sílaba tónica, puede hablarse de cuatro clases de palabras: las agudas u oxítonas (la sílaba tónica se ubica en el último lugar), las graves, llanas o paroxítonas (la sílaba tónica aparece en el penúltimo lugar), las esdrújulas (con la sílaba tónica en el antepenúltimo lugar) y las sobreesdrújulas (la sílaba tónica antes del antepenúltimo lugar).

Cada una de estas clases de palabras tiene sus propias reglas respecto a los acentos ortográficos.

Las palabras agudas llevan tilde si terminan en vocal, en N o en S (“ojalá”, “calzón”, “burgués”). Hay excepciones a esta regla, como las palabras monosílabas (menos las que requieren de acento diacrítico) y las palabras agudas que terminan en N o en S pero están precedidas por otra consonante (“robots”).

Las palabras graves llevan tilde cuando no terminan en vocal, en N o en S (“árbol”, “lápiz”, “césped”). Como excepción, hay que destacar que las graves que terminan en cualquier consonante seguida de N o de S llevan tilde (“bíceps”, “cómics”).

Por último, las palabras esdrújulas y sobreesdrújulas siempre llevan tilde (“sílaba”, “teléfono”, “página”). En el caso de los adverbios creados a partir de un adjetivo con el sufijo -mente, se acentúan cuando el adjetivo lleve la tilde por sí solo (“difícilmente”).

ACENTO PROSÓDICO

El acento prosódico es la forma en que se pronuncia una palabra. Consiste en destacar una sílaba a través del relieve de la voz al hablar. Por otra parte, el acento prosódico suele producir un alargamiento de dicha sílaba.

La sílaba sobre la que recae el acento prosódico es denominada sílaba tónica o acentuada. El resto de las sílabas son conocidas como átonas o inacentuadas. Cuando, según las reglas ortográficas, el acento prosódico lleva tilde, se habla de acento ortográfico (incluye un símbolo sobre la vocal de la sílaba tónica a la hora de ser escrita). Pese a que en el idioma castellano el acento prosódico y el acento tonal coinciden, no son exactamente sinónimos.

El acento prosódico, en lenguas como el español, el inglés y el alemán, supone que el relieve en la voz se marcará al aplicar una mayor intensidad, un mayor esfuerzo al espirar el aire. Por eso, este acento también recibe el nombre de acento de intensidad, dinámico, espiratorio, articulatorio o de sonoridad.

En otras lenguas, como el griego antiguo, el acento implica una elevación del tono de la voz, con una mayor tensión de las cuerdas vocales al emitir la sílaba acentuada. Esta característica hace que el acento sea conocido como acento tónico, musical, de altura, cromático o melódico.

En el caso del español, el acento prosódico es especialmente importante en los verbos, donde la posición del acento permite diferenciar en distintos tiempos e incluso entre sustantivos. Por ejemplo: “animo”, “animó” y “ánimo”. Cuando el acento prosódico se sitúa en la segunda sílaba, se trata del verbo “animar” conjugado en la primera persona del singular en presente. En cambio, si el acento prosódico aparece en la tercera sílaba, el verbo es conjugado en la tercera personal del singular en pasado. Por último, si el acento prosódico se encuentra en la primera sílaba, se trata de un sustantivo.

Alfabeto romano

El alfabeto romano, también conocido como alfabeto latino, constituye el sistema de escritura alfabético más usado del mundo. Con algunas modificaciones, es utilizado en la mayoría de las lenguas de América, la Unión Europea, el África Subsahariana y las islas del Océano Pacífico. Entre las lenguas que lo usan, se encuentran el español, el inglés, el portugués, el francés, el italiano, el alemán y el turco, por ejemplo.

Cabe destacar que, más allá de su nombre, esta alfabeto no ha sido inventado por los romanos. Se trata de un sistema que adoptaron de los etruscos, quienes a su vez lo desarrollaron a partir de las letras del alfabeto griego.

En un principio, los romanos conformaron su alfabeto sólo con 21 letras, aún cuando el de los etruscos tenía 26. El primer alfabeto romano, por lo tanto, estuvo formado por las letras A, B, C, D, E, F, Z, H, I, K, L, M, N, O, P, Q, R, S, T, V y X.

La G surgió a partir del C, tal como sugiere su parecido a la hora de ser escrita. Las letras K, Y y Z fueron tomadas del alfabeto griego, ya que la Z del alfabeto romano original era una letra distinta que finalmente desapareció.

Más adelante, concretamente en la Edad Media, los romanos incluyeron la J, la U y la W, letras derivadas de la I y de la V. Fue entonces cuando el alfabeto romano alcanzó las 26 letras que conocemos hoy: A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, O, P, Q, R, S, T, U, V, W, X, Y y Z.

Uno de los principales cambios en la historia del alfabeto romano fue la inclusión de las minúsculas, hacia finales de la Antigüedad. Antes sólo se escribía en mayúsculas, aunque la necesidad de poder escribir completamente una letra sin levantar la mano al hacerlo llevó a la creación de las minúsculas, con forma redondeada.

Hoy en día se utiliza el concepto de alfabeto latino para referirse a las derivaciones del alfabeto romano tradicional. También hay lenguas que agregan o quitan letras, e incluyen variaciones gráficas como es el caso del español y la Ñ.

ANÁLISIS MORFOLOGICO

La morfología es la rama de la lingüística que se encarga del análisis de la estructura interna de las palabras. De esta forma, delimita, define y clasifica sus unidades, las clases de palabras a las que da lugar (morfología flexiva) y la formación de nuevas palabras (morfología léxica).

El concepto de morfología proviene del idioma griego: morph (“forma”) y logía (“ciencia”, “estudio”). Por lo tanto, la morfología es el estudio de la forma. Esto, aplicado a la lengua, se convierte en el estudio de las formas de las palabras.

Las palabras están formadas por raíces y afijos. Éstos son secuencias lingüísticas que se anteponen (prefijos), se posponen (sufijos) o se insertan (infijos) en una palabra para modificar su significado, ya sea en forma gramatical (afijos flexivos) o semántica (afijos derivativos).

Más allá de que la lingüística estudie tanto la forma de los sintagmas como de las frases, el objeto de estudio de la morfología son las palabras. Suele considerarse que los patrones morfológicos son el resultado de la gramaticalización. Por eso, la búsqueda de universales morfológicos y el análisis morfológico forman parte del estudio de los patrones de gramaticalización.

Por otra parte, cabe destacar que mientras que la morfología se centra en la estructura interna de las palabras, la sintaxis describe cómo las palabras se combinan para formar sintagmas, oraciones y frases.

Un morfema, también conocido como monema o formante, es la unidad mínima significativa de la palabra, que está formada generalmente por dos clases de morfemas: los lexemas y los gramemas.

Los lexemas (morfemas léxicos) son la raíz, la unidad básica que define el campo semántico y sobre la cual se añaden otros morfemas.

Los gramemas (morfemas gramaticales) son las unidades que constituyen la parte variable de la palabra: expresan las relaciones gramaticales pero no alteran el significado referencial básico.

ANÁLISIS SEMÁNTICO

La semántica analiza los aspectos del significado o la interpretación del significado de un determinado símbolo, palabra, lenguaje o representación formal. Parte de la premisa que cualquier medio de expresión admite una correspondencia entre las expresiones de símbolos o palabras, y las situaciones o conjuntos de cosas que se encuentran en el mundo físico o abstracto.

La noción de semántica deriva del término griego semantikos (“significado relevante”), que, a su vez, tiene su origen en sema (“signo”). Así, puede afirmarse que la semántica lingüística pertenece al campo de la gramática y se dedica al estudio del significado de los signos lingüísticos.

La lengua, como un sistema compartido que permite la transmisión de mensajes (la comunicación), necesita que las palabras tengan cierto significado. Ya que la gramática permite describir una lengua, una parte de ella (la semántica) debe encargarse de analizar los significados.

Para una completa descripción de una lengua natural, deben tenerse en cuenta los datos de significado, la referencia lingüística y las condiciones de verdad. El análisis semántico se aplica a las palabras, pero también a las frases y a las oraciones.

La semántica, por ejemplo, se encarga del referente de las palabras, es decir, de aquello que denotan. Como hay expresiones que pueden compartir el mismo referente pero tener significados diferentes, el estudio de la palabra también debe tener en cuenta el sentido (la imagen mental de lo que algo es).

La semántica, por lo tanto, se encarga de estudiar la denotación (la relación directa entre una palabra y aquello a lo que se refiere) y la connotación (donde entran en juego experiencias y valores asociados al significado). En otras palabras, el significado denotativo, conceptual o lógico es el significado básico de una palabra, tal como aparece definido en los diccionarios. El significado connotativo, en cambio, se vincula a lo personal o subjetivo.

SEMÁNTICA LINGÜÍSTICA

Como ya hemos tenido oportunidad de aprender a través de los talleres de Poemas del Alma, semántica es un término derivado del griego semantikos (“significado relevante”), un vocablo que, a su vez, se originó a partir de sema (“signo”) y que se utiliza para designar al análisis de los aspectos del significado o bien a la interpretación del significado de un determinado símbolo, palabra, lenguaje o representación formal. Es decir, la semántica analiza el significado de expresiones bien formadas en materia sintáctica.

Aunque la semántica puede ser abordada desde tres perspectivas (lingüística, lógica y ciencias cognitivas), en esta oportunidad sólo vamos a hacer referencia a la noción de semántica lingüística, una subcategoría que pertenece al campo gramatical cuyo objeto de estudio es la codificación y descodificación del contenido semántico dentro de las expresiones del lenguaje. Para facilitar su comprensión, es importante recordar que se denomina lingüística a la disciplina donde, originalmente, se incorporó el concepto de semántica.

Así como la semántica lógica desarrolla una serie de problemas lógicos de significación y estudia la relación entre el signo lingüístico y la realidad, y la semántica en ciencias cognitivas intenta revelar por qué nos comunicamos y cuál es el proceso psíquico que se genera entre el hablante y el oyente, la semántica lingüística difiere de otros dos elementos que forman parte de una expresión con significado: la sintaxis y la pragmática, ya que la primera, por ejemplo, estudia sólo las reglas y principios acerca de cómo elaborar expresiones capaces de ser interpretadas de forma semántica a partir de expresiones más simples pero no permite atribuir significados. La pragmática, por su parte, ayuda a reducir la ambigüedad de las expresiones ya que está enfocada hacia las circunstancias y el contexto que inciden sobre el uso de una frase o su interpretación (de ahí que la pragmática posibilite los perfiles irónicos y humorísticos).

SUSTANTIVOS INCONTABLES

Después de haber conocido en profundidad las características y propiedades de los sustantivos contables, resulta inevitable no hacer referencia a los incontables, esa clase de palabras que, como su nombre lo indica, se diferencia de los contables por no ofrecer la posibilidad de ser contabilizada, excepto cuando se refieren a diferentes variedades. Expresado de otra manera, los sustantivos incontables son aquellos que nombran conceptos que, si bien pueden ser medidos o cuantificados, no pueden ser numerados.

Cabe destacar que este tipo de sustantivos sólo puede combinarse, sin alterar su significado, con cuantificadores en singular o indefinidos, mientras que los numerales cardinales o los cuantificadores plurales sólo pueden acompañar a los incontables cuando indican una determinada modalidad o clase.

En la práctica, puede decirse que dentro de este grupo de términos se ubican sustantivos como “leche”, “humor”, “alegría”, “tránsito”, “aire”, “agua”, “tiempo”, “sed”, “música”, “humo” y “lluvia”, entre otros. Por otra parte, también es importante aclarar que algunos sustantivos, tal como sucede en el caso de “queso” o “pan”, pueden ser contables o incontables de acuerdo al contexto en el que estén empleados.

De esta forma, por ejemplo, son contables en frases como “probé dos quesos de distinto sabor” o “compré dos panes saborizados”, e incontables en oraciones como “el queso es el alimento preferido del ratón” o “el pan estaba en mal estado”.

Ejemplos de uso de los sustantivos incontables:

“Durante la etapa de crecimiento es muy importante el consumo de leche”
“El humor resulta muy seductor en un hombre”
“La alegría que le produjo ese triunfo fue inmensa”
“El tránsito impidió que Raúl pudiese llegar a tiempo”
“El aire de la ciudad está muy contaminado”
“El agua es la bebida más aconsejable”
“El tiempo está inestable”
“La sed es una sensación algo molesta”
“La música siempre consigue alegrar una fiesta”
“El humo impidió completar el paseo por el campo”
“La lluvia arruinó el vestido de Romina”

MORFEMAS DERIVATIVOS

Días pasados, Poemas del Alma publicó un artículo relacionado a las características de los morfemas en el cual se mencionaba la existencia de dos tipos de monemas dependientes: los clíticos y los ligados, grupo en el cual están incluídos los morfemas flexivos y los derivativos.

En esta oportunidad, la idea es profundizar la información vinculada a los morfemas derivativos, una clase de palabras con perfil facultativo cuya particularidad radica en su capacidad de añadir matices al significado del lexema, es decir, modifican al lexema y originan una palabra que, a su vez, deriva de otra. Por esta razón, a diferencia de los flexivos (aquellos que con frecuencia aparecen exigidos por la estructura sintáctica), por lo general los morfemas mencionados son más cercanos a la raíz y sus matices y significados resultan relacionables de manera sistemática a partir del significado del lexema al comparar el rol de un mismo morfema en diversos campos semánticos. Dicho de otra forma, mientras los morfemas flexivos mantienen siempre la categoría léxica de la base, los derivativos pueden modificarla.

En el idioma español, los morfemas derivativos pueden clasificarse en prefijos (aquellos términos que alteran el significado del concepto anteponiéndose al lexema), sufijos (aquellos que también modifican el significado de la palabra pero ubicándose por detrás del lexema) e infijos (elementos átonos sin contenido semántico, es decir, que carecen de función gramatical y significativa).

“Amoral”, “analfabeto”, “deshacer”, “descontrol”, “hipertenso”, “amorfo”, “hipermercado”, “subterráneo” y “bilingüe” son algunos de los términos formados a partir de prefijos que dan como resultado morfemas derivativos que también podrán ser apreciados a partir de los ejemplos que incluiremos a continuación donde, a diferencia de los primeros, su componente es un sufijo. De esta forma, podemos sumar al listado de morfemas derivativos otros conceptos tales como “perrito”, “existencia”, “blancura”, “basurero”, “artista”, “amante” y “organismo

FUNCIÓN SINTÁCTICA

Mucho hemos hablado de las funciones sintácticas ejercidas por complementos, sintagmas y adverbios, entre otras construcciones, pero, hasta el día de hoy, ese concepto no había sido desarrollado en profundidad. Por ese motivo, este taller de Poemas del Alma estará enfocado hacia las características y la utilidad de las mencionadas funciones sintácticas.

A modo de introducción, podemos decir que este rol adoptado por distintas clases de palabras es, básicamente, un servicio. Esta asistencia se establece a partir de las relaciones de combinación o vínculos sintagmáticos que un término mantiene con el resto de las palabras de su contexto.

En muchas ocasiones, estas funciones que conectan a las palabras en el eje sintagmático o combinatorio de la expresión frente al eje paradigmático o sustitutivo de la expresión están determinadas por ciertos morfemas útiles a la hora de establecer relaciones de concordancia.

En la práctica, la función sintáctica más simple que se puede detectar es la de sujeto y predicado ya que, mientras el primero marca el tema o asunto a ser abordado, el segundo anuncia o aporta datos sobre ese sujeto. En las oraciones “Fernanda trabaja” y “Sergio estudia”, por ejemplo, la función sintáctica sujeto está desempeñada por los sustantivos “Fernanda” y “Sergio”, respectivamente, y la función sintáctica restante corresponde a los verbos “trabaja” y “estudia”.

Ya en un plano de mayor complejidad, se puede citar como ejemplo de función sintáctica al complemento circunstancial, una construcción cuyo objetivo es dar referencia de tiempo, lugar o modo al verbo del que es complemento. De esta forma, al analizar enunciados como “la pulsera que extraviaste estaba aquí”, “terminaré de estudiar a las cinco”, “la película empezó muy tarde” y “Santiago pudo dormir tranquilamente”, podemos distinguir a “aquí”, “a las cinco”, “muy tarde” y “tranquilamente” como elementos que desarrollan una función sintáctica dentro de una oración.

ADVERBIOS DE NEGACION

Aquellos que siguen día tras día los talleres de Poemas del Alma habrán podido advertir que las clasificaciones de las palabras no se limitan sólo a una temática. Producto de este fenómeno, por ejemplo, al hacer referencia a la oración o a los morfemas podemos encontrar una gran cantidad de categorías al igual que al investigar sobre pronombres o adverbios.

En materia de esa clase de palabra invariable que modifica al verbo, adjetivo o adverbio que figure en la oración y se conoce bajo el nombre de adverbio, por ejemplo, ya hemos hecho referencia a los de afirmación (“sí”, “también”, “efectivamente”, “cierto”), frecuencia (“siempre”, “usualmente”, “a veces”, “a menudo”), tiempo (“anoche”, “ayer”, “después”, “mañana”), lugar (“abajo”, “alrededor”, “detrás”, “lejos”), modo (“así”, “bien”, “despacio”, “regular”) e interrogativos (“dónde”, “cuándo”, “cómo”, “cuánto”) y, sin embargo, aún quedan varios grupos por definir. Uno de ellos es el de los adverbios de negación, por eso a continuación vamos a centrar la información en sus particularidades y aplicaciones.

Así como los adverbios de afirmación tienen como objetivo manifestar certeza en relación al desarrollo de una determinada acción y dan por cierto un dato, los términos incluídos dentro del apartado de adverbios de negación (tales como “no”, “nunca”, “tampoco” y “jamás”) se caracterizan, como su nombre lo indica, por negar alguna información o bien por dar por cierto datos que no han sucedido ni sucederán.

“Marcela nunca lloró por amor”, “Esa joven no sabe qué clase de hombre es su nuevo novio”, “No olvidaré jamás lo que hiciste por mí”, “Liliana jamás defendió a su marido”, “Ella no cumplió con lo pactado”, “Los alumnos tampoco estuvieron de acuerdo con la medida”, “Jazmín nunca ha mentido”, “Jamás me había pasado algo así” y “Tampoco llamó para saber cómo estabas” son algunas oraciones que sirven de modelo a la hora de descubrir, en la práctica, cuáles son y cómo se emplean los adverbios de negación.

MORFEMAS FLEXIVOS

Si bien fue publicado hace unas semanas, el artículo referido al concepto de morfema no ha perdido vigencia ya que aún resta explicar y dar ejemplos acerca del morfema flexivo, un grupo de construcciones que, al igual que el de los derivativos, está incluído dentro de la categoría de morfema dependiente.

Cabe recordar que un morfema es una unidad dependiente con significado y valor gramatical mínima del lenguaje que constituye la parte variable de una palabra. De acuerdo al grado de adhesión que éste tenga a un término se lo puede dividir en independiente o clítico o bien, como ya hemos adelantado, en dependiente o ligado.

Hecha la clasificación de los morfemas flexivos, llega el momento de hacer referencia a su definición. Al respecto, se puede decir que se conoce como morfema flexivo a aquellas unidades que establecen relaciones y accidentes gramaticales entre los diversos participantes de una acción verbal o expresión nominal.

Esta categoría, que posee carácter constituitivo, no generan un cambio de significado referencial básico y, por lo general, suelen estar separados del lexema básico por otros morfemas de tipo derivativo.

En el idioma español, por ejemplo, esta clase de morfemas se encarga de marcar el género y número del sustantivo y del adjetivo y, en el verbo, dan pautas de tiempo gramatical, modo, persona y número.

A diferencia de los derivativos, los morfemas flexivos resultan más regulares y productivos por ser aplicables a los ítems léxicos de una clase apropiada, son obligatorios a la hora de obtener términos bien formados, están sujetos a un control sintagmático y trabajan de forma semántica dentro de los límites del tema al que se aplican.

Por otra parte, al hacer referencia a las particularidades de los morfemas flexivos tampoco se puede dejar de mencionar que éstos no pueden cambiar la categoría gramatical de la base y pueden estar representados a través de morfos acumulativos.

TALLER LITERARIO

LA PANTULERA MANCHURRADA
El pequejuno de la saca de la praturela, por la matinelina, con el soletero doletando en la fucara, salito en el barrutero y picajeando la chuluteca se manchurró la pantalera.

- ¿Qué has pifilado, pequejuno? Ahora tentiraré que restragatar mucho y la pantalera nuneca la tenedriremos como al casur del alcamasacen. No vamos a contineter para los dimaningos y habrá que continentar una pantalera de novelatines en las rebanitas.

Nines de Andrés del Palacio

Este es uno de los ejercicios que la escritora y poetisa Juana Castillo manda hacer a una de las integrantes de su Taller Literario Pluma y Tintero. Estamos ante una jitanjáfora, que le dicen. La misma es un enunciado carente de sentidos que pretende conseguir resultados eufónicos.

El libro, cuyo título es Un sueño dorado, fue publicado en julio del año 2008. Contiene textos literarios de Adriana Salcedo, Ángeles de Andrés, Gloria Grau, Isabel Fraile, Pepi Núñez y la directora del grupo, Juana Castillo.

La editora escribe, en la parte inicial del texto, que el trabajo conjunto, el taller, se da con cinco alumnas. Tres reciben las clases a través de Internet y dos de forma presencial.

A mí me alegra sobremanera esta edición. Pero ya sabía yo de tal taller, y lo percibía íntegro y alentador así como variado y motivador de la sensibilidad poética y narrativa del alumnado, pues Juana Castillo tiene madera de escritora y de líder grupal.

Vamos al método:
Se hace un trabajo exhaustivo; cada miembro del grupo, presencial y de Internet, busca (cada vez un tema para que no les toque el mismo a la misma persona): la biografía del autor, historia de la época, escritores, músicos, pintores contemporáneos al autor estudiado, avances científico-técnicos… Es decir, se hace un estudio global de todo lo que pudo ver, oír, leer y vivir el autor en cuestión. Luego los trabajos consisten en, una vez bien estudiado el relato, escribir uno inspirado en el original.

Por estas cosas que he venido explicando y acomodando dentro de la técnica de enseñanza de Juana Castillo, y tras leer detenidamente el libro Un sueño dorado, vengo a concluir que el alumnado tiene que someterse a un riguroso trabajo (como debe ser, pues la improvisación no vale, no sirve) para luego exponer al criterio del lector sus obras, que son variadas, ciertamente.

Cito: Relatos inspirados en “La tristeza” y “En la oscuridad” de Anton Chejov así como otros autores clásicos: Giovanni Boccaccio, Dino Buzzati, Marguerite Yourcenar, Truman Capote.

Luego viene algo de perversidad e hilaridad en el relato que puede dejar rascándose la cabeza al lector, pues poco saca en limpio (del texto) salvo la retórica. Me refiero al trabajo impartido que se llama “Jugando con la Retórica” y que, según mi manera de ver, la literatura empuja al escritor a ensayar su lado recreativo.

Después aparecen las hipérboles, los relatines, los relatos que son anécdotas o anécdotas que se convierten en relatos, los relatos con “personajes emboscados”, los relatos premiados, y los poemas.

¡Excelente libro, magnífica siembra!

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